Breve crónica de cuando Quito se convirtió en metrópoli…


Publicado: 03-03-2013

Por Fernanda Soliz

Esa venta discursiva de progreso poco a poco fue calando en los ciudadanos quiteños quienes por nacimiento o por migración eran parte de un creciente fenómeno de urbanización salvaje. En el fondo, muy en el fondo, siempre estaba el orgullo de ser de la capital, el resto del Ecuador eran las provincias, una forma despectiva de referirse a toda aquello que no fuera Quito, mi lindo Quito.

Primero vino el pico y placa, pero, “ese era el costo de vivir en una metrópoli”. Así que con mayores o menores disgustos, la gente se fue acomodando, algunos compraron otro auto, otros apostaron al transporte público e incluso al sistema municipal de bicicletas que se implementaría en los siguientes meses.

Luego el aeropuerto resultó muy pequeño, muy peligroso, muy cercano a la ciudad. Entonces tuvieron que trasladarlo a una parroquia rural a 40km del distrito. El viaje tomaba cerca de 2 horas y las alternativas de transporte público eran reducidas y costosas. Pero, por supuesto, la infraestructura vial correspondía a una metrópoli de primer mundo y qué decir de las instalaciones aeroportuarias, uno podía pretender que estaba en Miami, Madrid o Buenos Aires. El mismo diseño, la misma estructura, las mismas cadenas multinacionales de bebidas, alimentos, dulces y otras chucherías. Y por supuesto, los mismos precios, inaccesibles para una persona común.
Tenía que recoger a mi hijo, venía de provincia y bajo el cómodo servicio de acompañante que ofrecen las aerolíneas, podía hacerlo sin problema una y otra vez. Para mi mala suerte, justamente ese día tenía pico y placa, así que debí salir a las seis de la mañana. Tomado una suerte de atajos y vericuetos pretendía salir del límite urbano sin que el gran operativo de policías municipales montado para el efecto, llegara a multarme con la módica suma de 140 USD. Para mí una fortuna.
Como pequeñas hormigas verdes, en cada cuadra encontraba a un municipal, desde la salida, hasta unos pocos kilómetros del aeropuerto, al parecer saludaban con un gesto que pretendía inducir a que los carros avancen sin demora. Me preguntaba por el costo y la utilidad de desplegar semejante operativo cada día, cada semana, cada mes. Pero ya este gobierno me ha repetido demasiadas veces que los costos del desarrollo no se cuestionan.
Cuando uno sale del primer atolladero de la ciudad, debe pasar impajaritablemente por los valles de las grandes burguesías. Reí un poco, es una pequeña ciudad acomodada para ellos y ellas. Un supermaxi, un megamaxi, un hospital privado de sub o micro especializaciones, varios centros comerciales, restaurantes finos y boutiques con ropa europea o americana. Todas con nombres gringos. Lentamente seguí avanzando mientras los policías municipales insistían en saludarme.
Luego de salir de estos valles de fantasía, inmediatamente cambió el paisaje a ese que conozco muy bien, el de parroquias rurales con restaurantes de carretera, restaurantes con nombres en un español popular: paradero la veci, comedor doña tere y otras bellezas latinoamericanas. Ofrecían fritada, mote, secos y caldo de gallina para que uno pueda detenerse y matar el hambre con gusto.
Inmediatamente y a manera de sátira pensé para mí misma: “pero qué bonitas las carreteras, así da gusto viajar al aeropuerto, uno se siente en el primer mundo...”
Llegué al aeropuerto, y resulta que las eventualidades climáticas aún no son susceptibles de control humano así que el vuelo se había desviado a Guayaquil por mal clima y la aerolínea no sabía darme pronóstico alguno de la hora de llegada…
Es así como escribo estas notas, desde las frías sillas de metal del nuevo Aeropuerto Mariscal Sucre, mientras miro las paradojas de nuestra Latinoamérica que siegue teniendo sueños de opio… Suelo de mármol transitado por zapatos ejecutivos y limpiado por campesinos de comunidades aledañas…
Me pregunto si acomodarnos a esta vida de metrópoli es ser cómplices del mundo que no queremos… me pregunto si algún día lograremos romper esa colonialidad que nos mantiene deseando como fin máximo el desarrollo y el progreso… Pienso en mi compañero, cómplice en los tantos intentos y esfuerzos por ser coherentes con nuestro proyecto político desde los estilos de vida y me pregunto si aún eso es suficiente…

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